Miércoles, 02 de mayo de 2007
Releo por encima mi anotación del primer día, hoy hace justo un año, y me reconozco en ese individuo que, dubitativo, se presentaba. Alegaba que me animaba a abrir la bitácora “por escribir, por contar a algo así como un público lector posible, por tener un canal de comunicación más amplio que el correo electrónico y por esnobismo”. Creo que he cumplido los objetivos resumidos en esos cuatro puntos.
Si en esa primera anotación me preguntaba por dónde empezaba, en ésta respondo por dónde termino (de ahí la ausencia de tilde; pido disculpas por la aclaración a quienes se hayan dado cuenta). Acabo por la misma senda y esperando haber cumplido honestamente con mi compromiso; acabo porque hacemos un año y hemos descrito un trayecto convencional, explicado un año de matrimonio y compartido unas opiniones estéticas y morales. Sobre todo, he escrito libremente –todo lo libre que puede ser un modesto empleado público- y viajado por las líneas invisibles de la escritura para intentar decir de la mejor manera posible, a mi entender y gusto.
Pero todo tiene un final, y más un texto pautado periódicamente. A cada proyecto hay que saber darle su colofón (o dárselo sin saber demasiado). Descansará la sucesión de palabras, escritas con su propia coherencia creativa y compendiadas en algún papel impreso, en la biblioteca de sus mejores lectores, si ellos quieren.
Y, en fin, miraremos algún día atrás para recordar un diario cibernético que aludía a esa preciosa idea de Juan Ramón Jiménez: titular una obra en honor a su casamiento. Ni siquiera me había dado cuenta, pero se casa a la misma edad que un servidor (o quizás lo sabía inconscientemente). No me comparo, por supuesto; sólo recuerdo a los escritores y artistas que han brillado en su tiempo y que nos llegan a nosotros redivivos por la fuerza intrínseca de su creación.
Nada más me resta que dar las gracias a los amigos que me han acompañado y a Nuria por llevar el timón.
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Lunes, 30 de abril de 2007
No me podía marchar sin concentrar todas las posibilidades de goce estético que depara el buen uso de una biblioteca pública en este género cinematográfico grandioso y prolijo, particularmente en la producción norteamericana. En ocasiones, una jornada de trabajo y dislates se sosiega con esos diálogos vertiginosos, con las situaciones procaces y divertidas de los magos del humor. Porque, y ésta es para mí la clave, el contenido y escritura de esas películas es un compendio de virtudes y recursos.
De esta manera, al alcance de las personas que vienen a la Biblioteca está el mejor Billy Wilder, la maestría de Ernst Lubitsch, la chispa de Preston Sturges, las trayectorias de Howard Hawks y George Cukor. Por supuesto que hay otros géneros y cinematografías, ciertamente interesantes, pero en mi opinión una buena comedia desatasca y relaja. Además, la comedia clásica norteamericana se produce en un tiempo que no puede ser más conflictivo, el mundo antes y después de la Segunda Guerra Mundial. Y añado que en una parte significativa está creada por directores y guionistas europeos y particularmente germánicos. O sea, que el sentido del humor de alguien que huye de un imperio nazi para reírse de lo que deja atrás (también ponen océano de por medio Fritz Lang, Murnau, Von Stroheim, la diva Dietrich, etc.), pero que igualmente puede parodiar lo que encuentra en la tierra de las oportunidades –los gags sobre los nuevos ricos y la arrogancia estadounidense- o las nuevas tendencias sociopolíticas (el férreo comunismo soviético en “Ninotchka”), viene a demostrar que se requiere mucha inteligencia y sensibilidad para explicar el caos del siglo XX en clave de parodia.

Me resulta paradigmático el caso de Wilder, reconocido por muchos como el mejor director de cine (con permiso de Orson Welles y otros) porque de un sentido del humor interminable extrajo en diferentes momentos de su carrera signos de lucidez narrativa enmarcada en otros géneros, como el trhiller, la comedia romántica y la adaptación teatral. Fue quien mejor retrató lo que queda después del derrumbe militar alemán con una sonrisa en “Berlín Occidente”. La madurez del creador se reflejará después en sus obras de los años cincuenta y sesenta, cuando el mundo ya no se explica como un chiste sino como una reflexión amarga y burlesca (“El apartamento”, "El crepúsculo de los dioses"). Lo recuerdo vagamente en unas entrevistas emitidas por televisión hace años que le hizo Volker Shlöndorff (“Billy Wilder, ¿cómo lo hiciste?”, de 1992, y “Billy Wilder habla”, de 1996) como un viejo cínico y brillante, lúcido, testigo distante de una epopeya colectiva tan miserable como el transcurso de todo el siglo de las guerras mundiales.
Pero vuelvo al tema para destacar que esas comedias clásicas, a disposición de todos los usuarios de la biblioteca mediante los formatos digitales, son deliciosas.
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Jueves, 26 de abril de 2007
Como por alguno de los cuatro costados somos madrileños, vamos regularmente a visitar la capital de España en la medida en que las familias nos lo permiten. Allí solemos encontrar a un buen puñado de buenos amigos nuritianos, de ésos que vinieron a la boda periférica. También vive algún barcarroteño alejado del terruño. No tenemos, por lo tanto, demasiado tiempo libre en nuestras arribadas al centro de la vorágine peninsular.
Omitiré los episodios más personales de la penúltima visita y resumo: acudí felizmente engañado a una cita con un viejo amigo sevillano transterrado (neologismo en boga que la Academia no me admite) en las afortunadas Canarias; pasamos un fin de semana de reencuentro y restablecimos relaciones de concordia. Se habló de política, cultura, literatura y fútbol, pues profesamos distintas creencias hispalenses –la suya, blanquirroja, se lleva más que la mía verdiblanca. Sobre todo, saboreamos minutos de cercanía y reconocimiento.

La capital de visita y paseo ofrece apacibles reflexiones favorables a la condición humana. O sea, que uno se siente en el centro de las calles y plazas, en el ágora, en los lugares que aparecen estereotipados en la tele; pero existen de verdad el Congreso de los Diputados, la Plaza Mayor, los míticos museos madrileños y las fuentes de Cibeles y Neptuno. También existe y conocemos bien ese señorial lugar de intelectuales progresistas y liberales que es el Círculo de Bellas Artes, y la Biblioteca Nacional.
A esta magna institución fuimos la mañana del sábado para conocer el reciente Museo de la Biblioteca Nacional (antes Museo del Libro) y presenciar un cuentacuentos basado en el romancero tradicional español. Estábamos unos poquitos en una sala acondicionada al efecto y la animadora, experta, nos hizo comparecer a todos los presentes para que interpretáramos los papelitos de cada romance. Yo repetí y acabé haciendo de Serrana de la Vera, pues ella preguntó si allí había algún extremeño y yo no iba a esconderme. Todo un honor. Para rematar el asunto, un periodista de El País estaba haciendo un reportaje e inmortalizó al amigo sevillano-canario pocos días después.
Es un ejemplo de la que fue afable estancia con Miguel y Ana en la megaciudad del centro peninsular. Madrid nos depara la posibilidad de encontrarla de tanto en tanto, con sus ofertas culturales y de ocio; uno es un mesetario adehesado al que confunden las masas, pero no está de más departir en los cafés y restaurantes, acudir a los teatros, visitar los museos y disfrutar de los conciertos capitalinos. Ah, el gran mundo, qué haríamos sin él los pequeños.
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Martes, 24 de abril de 2007

Le Pusimos el nombre de una plaza señera de Barcarrota, a la cual se asoma la “casa del Alemán” convertida en Casa de la Cultura. Una colección de monografías en torno a la realidad histórica, social, cultural y etnográfica de este milenario pueblo venía a complementar a la revista de tirada mensual El Jacho (que ahora cumple diez años). ‘Altozano’ arrancó con mi primeriza “Breve historia de Barcarrota” y luego le siguieron los demás títulos hasta alcanzar los dieciocho números actuales.
La Universidad Popular “Hilario Álvarez”, organismo dependiente del Ayuntamiento de Barcarrota, ha editado en este 2007 cuatro ‘Altozanos’ más, entre los cuales se incluye mi “Segunda bibliografía barcarroteña”. Si en 1999 recogí unas 180 referencias bibliográficas sobre Barcarrota y sus habitantes, esta vez he llegado a casi trescientas. No alcanzan al magnífico trabajo con más de mil ochocientas obras que tiene “Una bibliografía placentina” (bonita coincidencia con mi “Una bibliografía barcarroteña”), de Sánchez de la Calle, pero es que Barcarrota está muy lejos de Plasencia, también en tradición intelectual e histórica. Me puedo colocar parejo a los “Cien títulos sobre Olivenza” de Rey Vázquez y Limpo Píriz. Los cito porque no hay muchas más bibliografías locales en Extremadura.
La bibliografía ha sido mi especialidad desde que entré a trabajar como bibliotecario municipal de Barcarrota. En ella se han fundido mi interés por la historia y por la cultura reflejada en los impresos y documentos. He aprendido mucho de mi pueblo materno leyendo, clasificando, descubriendo, analizando y redactando la síntesis de lo referenciado. Creo que he contribuido a la difusión de un patrimonio colectivo oculto que necesita estar fijado para conocimiento de especialistas y sencillos lectores, de dentro y fuera. Como dije en la presentación, éste ha sido mi cometido en la sociedad barcarroteña, pues todos tenemos una función que desempeñar en el ámbito al que pertenecemos.
‘Altozano’ tiene una madurez vital, pero su continuidad depende de las tesituras políticas y del empeño de los que contribuyen con su tiempo y dedicación a escribir de forma altruista para una pequeña comunidad, por supuesto en ausencia total de ánimo lucrativo. A pesar de las indicaciones de mi madre, uno aún no ha ganado nada material con la escritura, aunque parezca que tenga libros a la venta por Internet. Pero escribir es llorar, dicen que dijo Larra. Y reír también, hombre.
Asumo, en todo caso, las pequeñas honrillas de participar poco a poco en eventos con el suficiente calado; como aportar una reseña bibliográfica del “Estudio biográfico de Hernando de Soto”, obra de Luis Villanueva Cañedo, a esta magna exposición del Fondo Clot-Manzanares en la Biblioteca de Extremadura. Seguiremos llorando y riendo.
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Jueves, 19 de abril de 2007
Ha reunido Ismael Serrano a ciertos músicos de distintas generaciones para rendir homenaje a Pablo Guerrero a través del disco “Hechos de nubes”. Luz Casal, Pedro Guerra, Acetre, Aute, Serrat, Labordeta y unos cuantos más cantan las canciones de nuestro (perdón por la confianza) Pablo.

A Pablo Guerrero se le quiere y venera oficialmente en Extremadura, faltaría más, pero si vas a los conciertos ves a un barbudo solitario que acude a cantar y recitar sus poemas en presencia de doscientas personas. Fue en la sala Tragaluz de Badajoz, hará cinco o seis años, cuando lo vimos en estado de gracia; a fe, porque le caía una cenital luz azul en el rostro y el tío se daba la vuelta de sentimiento. Escribí una cartita en el HOY que luego plagié para una imposible novela de inmadurez:
"LLOVÍA...
... en la sala Marwan el otro día; en su interior. Cantaba Pablo Guerrero y nos apretujábamos cincuenta, cien personas. Nos quedamos a oscuras y a solas con la voz profunda, gravísima, del mismo Pablo que iba cantando, me dicen, por los pueblos en los tiempos gloriosos y bellos de la juventud, por los años 70. Y ellos, mis acompañantes de más edad (aunque tampoco soy un niño), iban en moto a verle invocar al dios de la lluvia, a bañarse con su voz como un torrente, en busca de la felicidad que entonces era conseguir la libertad. Invocándola.
Esa noche de ahora, que no tenemos que luchar por tan importantes empresas, cuando tampoco queda la ilusión de ser realistas pidiendo lo imposible, sin su torrente de voz que permanece en los discos, escuchamos a Pablo mientras susurraba poemas con la garganta quebrada. Sabiamente quebrada. Los supervivientes allí congregados le pedían que invocara al dios de la lluvia y, efectivamente, nos acabamos empapando todos de nostalgia propia y ajena, de recuerdos duros y felices, de rayos de luz en el corazón.
Nos llovió en la capital antes de que llegara la tormenta al día siguiente. Llovió a cantaros por expreso deseo de un centenar de personas reunidas en torno a una voz quebrada. No la misma de entonces, pero sí parecida.
Víctor C. Almeida."
Recuerdo que a Lorenzo le llamó la atención lo apagado de su voz, dilapidada desde el torrente vigoroso que tenía en los años setenta, cuando me parece que a Pablo Guerrero la voz de cantante se le ha convertido naturalmente en voz de poeta. Pero recuerdo sobre todas las cosas (además de a las dos parejas enamoradas) a un hombre corpulento y de aspecto rockero llorar amargamente mientras escuchaba el susurro de Pablo. Su desconsuelo era hermoso. Lloraba por algún amor o desamor elevado. Lloraba extáticamente.
El nombre de una de sus canciones más notables y sentidas se ha utilizado para un documental sobre la Guerra Civil en Extremadura; acertada imagen, que también he visto en el subtítulo de un reciente libro sobre el contrabando rayano. Mi amigo Paco, en fin, la tomó prestada para un montaje teatral en los momentos en que el actor se ataba y desataba muy despacio una soga en torno a su cuerpo, al principio y al final de la obra.
La Extremadura amarga es la que tuvimos de verdad por la hambruna histórica, la explotación agraria y la tierra de secano; es la que está en los cuadros de Ortega Muñoz, en los poemas de Manuel Pacheco, en el dialecto de Luis Chamizo. Se evidenció cuando la Guerra Civil pasó por aquí y se quedó un par de años en La Serena, con sus legiones de muertos. Existe aunque resulte un cliché publicitario, modelo Puerto Hurraco; pero la vida es simplificación y metáfora mal empleada. Supongo que nos pertenece y vive –no de forma exclusiva- en el carácter autóctono de este pueblo. Si es que los rasgos existieron, existen o vayan a existir alguna vez en el reparto geopolítico español.
Sí, ya sé que Extremadura también es José Manuel Calderón, el base de la NBA, pero este blog no va de eso.
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Miércoles, 11 de abril de 2007
Mientras pasa el tiempo se degustan ciertos sinsabores inevitables y consustanciales a la vida. También se percibe la evolución, la rueda del progreso que tritura todo tipo de ideas y sentimientos. Lo que vemos en el transcurso de los años, además, es cómo cambian las cosas y los procesos se hacen nuevos y las herramientas se tornan más eficaces.

Lo que cambia en nuestra casa es el alma que ponemos en ella en forma de “garnachas” no remuneradas. El hogar se va convirtiendo en algo nuevo pero sigue siendo hogar. Las proezas del bricolaje casero coquetean con nuestro magro tiempo libre. Y qué decir de los aparatos electrodomésticos, de los robots, de los portentos del siglo. El ordenador portátil recién adquirido nos permitió grabar una copia legal de nuestra película, todo supervisado por el canon digital que cobran los que defienden los derechos. Qué máquina completa y global, cerebro artificial, HAL dócil que no se rebela. Me dejará escribir y deslizarme por los caminos de las ideas.
Pero existen aún periódicos y escritores, pensadores, gente que aporta sabiduría en el frenesí de los días mecanizados. Fue hoy Manuel Alcántara, que dice:
“Yo tengo un entendimiento artesano de lo mío. Marcel Proust se inscribió una vez en un hotel como 'artesano en su hogar'. Y a mí no me importa entender el artículo como un servicio diario, como el del panadero.”
Por artesano, por panadero, por cotidiano, por Marcel Proust, junto a cuya tumba me hice una foto en París (¡y me ha regalado el “Tiempo perdido” la trinidad femenina de mi familia política!); por distanciado y por viejo, por sabio. Por lo mismo, me adhiero a las palabras de Luis Landero y me comprometo a leer su nueva novela en cuanto recupere el tiempo perdido. Según el alburquerqueño: “No rechazo una pequeña caricia a la vanidad -admite-, pero el lugar del éxito es la tarea de cada día en una soledad creativa, laboriosa y gustosa.”
Entre los resquicios de la atareada agenda y el vértigo de lo sobrevenido, de lo familiar, de lo urgente, de lo inevitable; aspiro a seguir construyendo desde la sencillez del hogar. A la soledad creativa y acompañada, a las “garnachas” no remuneradas del espíritu. [¡Así nos va!]
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Miércoles, 04 de abril de 2007
Tiene uno la suerte, no sabemos si buena o mala, de ser de Badajoz, lo que quiere decir que me siento con la autoridad moral de hablar de la capital real del territorio que une Extremadura con Alentejo. La Frontera, como la llama Alonso de la Torre, es un vasto espacio de tierra y población atomizado en pueblos y ciudades de mediano y pequeño tamaño; y aquí se ha de pensar más en Australia que en Madrid, simplificando.
Pues en la capital fronteriza se convive y trabaja bien, se produce, se compra y se vende. Quien vende es El Corte Inglés, aunque todo Badajoz es un inmenso corteinglés para extremeños y alentajanos. No es extraordinario que un sábado de los muchos que vamos allá nos encontremos por las calles a los homogéneos habitantes de la Raya, igualados en su confortable burguesía provinciana. Esto no es un reproche marxista sino una licencia francesa.
Si en el atuendo y la apariencia el burgués alentejano se ha asimilado al burgués extremeño, no se ha barrido la diferencia en la expresión: el habla portugués que marca y dirige el centro lisboeta y atlántico (no hay apenas diversidad idiomática entre los portugueses) contrasta fuertemente con el dialecto bajoextremeño, tan vago y periférico, tan indefenso; sus sonorísimas y salivales eses frente a nuestra lingüística economía de guerra meridional, intimidada ante el poderoso y monopolista andaluz, tan gallardo y mediático (también, tan denostado por las obviedades tópicas y antagónicas Norte-Sur). Claro que nuestros dependientes siguen trayendo a los portugueses a la lengua del imperio, y ellos, bien asimilados, la conocen y hasta practican. Deberíamos aprender un poco de influencias transfronterizas.
Pero la cuestión y hecho social es que a Badajoz vamos a comprar, de un lado y otro de la Raya. La mitad occidental de nuestra enorme provincia y los pueblos añadidos de Cáceres vierten su caudal a la meca del comercio. Los emeritenses también se acercan en busca de un nuevo estatus, y nada me extraña ver usuarios de la biblioteca en ese otro templo de la felicidad. Porque El Corte Inglés presenta una estructura y organización modélicas, semipúblicas, lustrosas. La profusión de personal, su pulcritud, la abigarrada panoplia de posibilidades estéticas, la variedad de precios y ofertas, la alternativa a lo ya conocido, la exageración en el muestrario que propicia la duda…
Sí, amigos, estoy hablando del mercado, del capitalismo. Como ese personaje en “Caro diario”, gran película de Nanni Moretti, que leía a Hans Magnus Enzensberger y se quedó colgado de un culebrón norteamericano de pasiones crematísticas y baratas al descubrir la magia hipnótica y narcótica de la televisión.
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Jueves, 29 de marzo de 2007
La biblioteca está momentáneamente en crisis, el conocimiento no fluye igual, la recuperación de documentos se convierte en una tarea casi imposible: los catálogos automatizados no funcionan. No funciona el sistema informático, están reparándolo; no sabemos qué tenemos ni qué podemos pedir a otros sitios, si está disponible el material, si se puede reservar, si ya está devuelto. No sabemos a ciencia cierta dónde están los libros y las películas.
¿Qué haremos cuando no deduzcamos que “El caballero de Olmega” es en realidad de Olmedo, cuando olvidemos que “Ángeles y demonios” es de Dan Brown, cuando no recordemos los autores de las obras que les mandan leer a los adolescentes en los institutos –sólo se acuerdan vagamente del título-? (Ejemplos verídicos de esta tarde.) ¿Qué pasará cuando el personal bibliotecario no conozca, como tarea fundamental, la colección o fondo? ¿Y cuando tengan una pésima memoria? ¿Qué ocurre cuando se depende tanto de la memoria artificial del programa bibliotecario?
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Como está de moda colgarse medallas, presumo de veteranía y conocimiento en este campo. Me acuerdo de cómo se escribe Lobsang Rampa y Eça de Queiroz (o Queirós). Muchos años en la garita. Ayudo y oriento a los usuarios, es mi trabajo, pero a veces olvidamos eso tan sencillo: que estamos aquí para que a la gente esto no le parezca el laberinto borgiano que es. Lo demás resulta secundario, lo importante es que se vayan satisfechos con la atención prestada por el personal que sirve a este lado de la trinchera. Digo yo.
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Martes, 27 de marzo de 2007
Escuchar un disco de Neil Young de 2006 es una cosa tan natural como maravillosa; porque no dejará nunca de ser un rockero antiguo, un vaquero (que tiene grabaciones desde principios de los sesenta, destacándose las de la banda llamada Buffallo Springfield), una de esas muestras de la cultura norteamericana que sí valoro (y añadiría muchos músicos populares, como también estilos emblemáticos del siglo XX: el jazz y el soul), pero a su vez se pregunta uno cuándo se deja de ser joven. Hago un aparte para decir que fue Bob Dylan, otro tótem ajado, quien nos aseguró y juró que se podía ser eternamente joven.
Una película de Jonathan Demme, “Heart of gold”, ha recogido un concierto del Neil Young más country y melódico en Nashville, la cuna de los cowboys cantantes, y en unas imágenes que he visto –ya veré el resto- aparece un señor que está cano, gordo y viejo, pero que tiene la voz aflautada de Neil Young. Otro que tampoco es Dorian Gray.

Sin embargo, “Living with war” es un álbum breve y combativo, pues lo utiliza para darle estopa al presidente Bush jr.; y en lo musical no tengo más remedio que volverme a los primeros noventa: una cinta grabada de “Ragged glory” sonaba en un radiocasete sin tapa del bar del pensionista de un poblado perdido, antaño minero, en el Castillo de las Guardas, cerca de Sevilla, y unos universitarios militantes bebíamos vino de baja calidad, o lo que nos echaran, mientras las guitarras y los ritmos sincopados de batería de Young y sus compinches de Crazy Horse circulaban por nuestras venas de forma inacabable. Le dije a Pato que había perdido la dignidad por salir con una chica concreta de carácter inefable, y nos quedamos mudos y estúpidos porque aquello era una broma pero no lo parecía. Como me ha pasado más de una vez en la extraña socarronería que practico.
En esta tarde de calma chicha tras ciertas tormentas laborales matutinas, me inyecto de nuevo la guitarra y la batería inacabables de la banda de Neil Young. Y me parece estar viendo a aquellos chicos hoy heterogéneos pero entonces milicianos de una cierta aspiración vital y sentimental. Me parece estar aún en aquel surrealista bar del pensionista en torno a una camilla jugando a las cartas y riéndonos, empujados por la hierba, de la cara de tonto del pobre Pato, novio indescriptible de una política en ciernes, con un futuro supuestamente brillante.
Por supuesto, ni Neil Young ni nosotros hemos envejecido.
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Viernes, 23 de marzo de 2007
Creo que Mónica y Diego nos llevan cierta ventaja, pero nosotros también nos hemos puesto a ver los vídeos de “A fondo”: Joaquín Soler Serrano entrevistando magistralmente a creadores, intelectuales, artistas y escritores a finales de los 70. Comenzamos por Rafael Alberti y vimos a un retornado del exilio aún joven y un tanto altivo, al cual con los minutos transcurridos le dio por soltarse un poco más, y acabar siendo tan poeta político como lúcido e irónico. Pero le pesaba demasiado su rol de icono reivindicativo de la España que volvía tras la muerte de Franco. Circunstancias de aquel tiempo de reencuentros. Me reí especialmente con su opinión de lo mal que hablaba Juan Ramón Jiménez de sus colegas escritores; la “mala sangre andaluza” del onubense era evidente que la admiraba el gaditano, de tanto recalcarla.
La segunda entrega ha sido la de Julio Cortázar, el novelista y cuentista argentino, tan alto y oscuro como aquellas emisiones de TVE en grises permitían. Contrastó su amabilidad serena, su tranquilidad, lo que llamaría seny austral, con la actitud que tuvo Alberti con el entrevistador. Y fue, sobre todo, enriquecedor escuchar al narrador Cortázar cómo contaba su experiencia de escritor a lo largo de los años, de la juventud y sus titubeos a la madurez y la perspectiva crítica de su obra. Me apoyé en sus reflexiones para defender recientemente mis humildes escritos de análisis constructivos, aunque duros, que amigos me han hecho. Resumiendo, me llegó la apología que Cortázar hacía de la autonomía del creador, su verdad monolítica y solitaria frente a las opiniones exteriores.

Pero Cortázar es mucho más. Andaba yo desavisado no-viendo la tele hace un par de días y me encontré nada menos que en un anuncio con las palabras argentinas, con erre frustrada e imposible, del barbudo: unas palabras que recordé después de quince o veinte años, que me vinieron al corazón memorialista. Y me recordaron, más que nada, por qué no uso reloj, por qué me gustan los planteamientos surrealistas, por qué los ciudadanos normales van por un camino aunque siempre hay alternativas interesantes, por qué me preocupo por la forma tanto como por el contenido. Diría que Cortázar es parte de mi adolescencia. Lo del reloj, desde luego, es culpa suya. Ah, se lo debo a Encarna.
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Jueves, 22 de marzo de 2007
Han venido por fin a vernos los participantes en las XI Jornadas de Cooperación Bibliotecaria, que se desarrollan estos días en la capital autonómica. Se han hecho de rogar un par de horas, pero por fin han aparecido y sido recibidos por nuestros directivos. Han estado viendo todas las salas de la biblioteca, especialmente atenta para la ocasión (y me acuerdo de cuando "guapearon" Badajoz para una cumbre gubernamental hispano-lusa no hace demasiado tiempo).
Aquí, en la sala de Préstamo, junto a los habituales lectores de periódicos y el deseable silencio, contemplaban y atendían las explicaciones las personas que más saben del universo de la biblioteca pública en España. Sin embargo, ofrecían la nada sorprendente estampa de las excursiones y visitas organizadas, de niños y mayores, con presencia de algunos individuos más interesados en hacer fotos para el recuerdo.
Me pregunto, en todo caso, si se vive igual la biblioteca desde las alturas jerárquicas nacionales, si es tan sencilla y precisa la visión como la de los de abajo, si el futuro y la enjundia que se encuentran en el diseño bibliotecario tienen personalizados los libros, las personas denominadas usuarios, las películas y documentos audiovisuales, los momentos como los tiene quien está al pie del cañón, viendo pasar la vida por una biblioteca pública cualquiera.
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Martes, 20 de marzo de 2007
Me abstendré de opinar vehementemente de la trifulca por el catálogo de las famosas imágenes anticatólicas de Montoya. También me abstengo de opinar sobre las fotos y su valoración artística. Estoy en periodo de contención ascética y tántrica, o algo así. Les paso, como quien no quiere la cosa, un par de opiniones hechas desde distintos ámbitos: el del análisis político del asunto, a cargo de Manuela Martín, una voz autorizada e independiente del diario HOY y de todo el periodismo extremeño; y el de la sociología de las costumbres, que trata esmeradamente Alonso de la Torre, cronista en la senda de Umbral y otros grandes escritores de periódicos.
Para que vean que la cosa tiene muchos matices y sirve para organizar acaloradas tertulias hasta las cinco de la mañana.
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Jueves, 15 de marzo de 2007
Nada, nada, había escrito una cosa muy sesuda y sentida pero se me ha borrado, y por contra me he topado con esta buena noticia porque el ciclista es prácticamente barcarroteño. Así que hacemos un poco de patria chica, como hace de cuando en cuando Virgo.
Es lo que tiene internet, vale para lo sublime y lo ridículo, para opinar desaforadamente y para esconder verdades. Vale para colocar una anotación en épocas de sequía, o porque ando ocupado corrigiendo otro libro de ésos de historia y bibliografía de Barcarrota.
PD: Recuerdo brevemente aquí la figura de José Antonio Hernández, el popular José Antonio, una persona respetadísima y muy querida en el pueblo que ha fallecido. Descanse en paz.
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Miércoles, 07 de marzo de 2007
Creo que no apreciamos lo suficiente la capacidad actual de revisar nuestros actos del pasado, y con esto no me refiero necesariamente a valorarlos retrospectivamente, sino a poder volver a ver lo que vimos entonces, tener la gloriosa oportunidad de reencontrarnos en ese lugar de nuestra historia en que vimos tal película; o bien consultar los periódicos digitalizados y recrear una época no vivida, así como deleitarnos con un facsímil editorial como si fuera el auténtico impreso del siglo XVI. En definitiva, aprovechar los avances tecnológicos y disfrutar de la revisión estética.
Sí, la sacrosanta biblioteca multimedia del siglo XXI nos da unas apabullantes opciones. Centrándome en la cuestión de lo que veíamos en la televisión hace unas décadas, nos hemos topado, a modo de ejemplo, con unas series recordadas que, a la luz de un reciente visionado gracias a las reediciones en dvd, nos hablan de nosotros mismos en otro tiempo y otro lugar.

Meses atrás, fue “Retorno a Brideshead” la que nos llevó al absolutamente maravilloso mundo de la decadencia aristocrática anglosajona: apellidos y títulos nobiliarios con unos cuantos siglos a sus espaldas, mansiones, rostros solemnes y protocolarios (Jeremy Irons, según una conocida nuestra un tío con pinta y papeles de enajenado), vicios elevados, guerras europeas tan destructivas como naturales, dandismo y Antiguo Régimen que desaparece, convencionalmente, con la II Guerra Mundial. Por no hablar de las virtudes narrativas del texto, de la pulcra realización con el sello británico, de las interpretaciones, de los matices en cada personaje, de la condición humana que subyace en una educación esmerada y elitista. Un placer de los sentidos.

No diría lo mismo de “Espacio: 1999”, pues mi recompensa espiritual es de otra índole. Esta serie de ciencia-ficción se vio en España en 1976, cuando la extremeña familia laurentina vivía en la luminosa Sevilla de la Transición. Y uno, para entonces con seis años, ha recordado los uniformes sintéticos que a aquellos hermanos nos parecían fantásticos (hoy resultan ridículos), los efectos especiales actualmente tan cándidos y primitivos, el sonido precario del doblaje español con acento americano, los acongojantes términos con que el futuro se presentaba, la inmensidad de un cielo siempre negro y remoto, la epopeya de una tripulación perdida en el espacio pero enérgica y beligerante con múltiples enemigos ocasionales.

Y me quedo con los aparatitos que llevaban en la cintura para abrir las puertas de la base lunar Alfa (¡qué pérdida de tiempo cada vez que los sacaban, ¿no?); dicen que de ahí me viene la afición por el mando a distancia.
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Miércoles, 28 de febrero de 2007
Cambia cada día la fisonomía del camino al trabajo, se urbaniza y construye y humaniza, de manera que las ovejas de un rebaño irredento van pastando la cada vez más escasa hierba otrora ubicua. El sitio, en general, se debió llamar en remotos tiempos emeritenses El Prado, y así se denomina el polígono industrial aledaño y nuestra urbanización. De prado queda más o menos lo que se ve, y en dos meses casi nada. Fue área industrial décadas atrás, antes de que la recalificación municipal lo diseñara como zona de expansión ciudadana (con institución ferial incorporada, aprovechando la estructura de una antigua empresa química). A nosotros nos cuadró para vivir en Mérida, y no dejamos de estar contentos.

En todo caso, la reflexión es más general y menos precisa, poco moral y nada contundente: van quedando menos prados. Bordeando el otro día Madrid, en busca de una misteriosa T-4, le veíamos los costales a la enorme ciudad y sus pueblos afluentes y, por ende, algo parecido al campo. Un espejismo, porque esa tierra yerma y ocre está cruzada por radiales y autovías de circunvalación. O sea, que les quedan pocos campos al sur de la Comunidad. Por el norte están las sierras boscosas y hasta ciertas nieves aunque, claro, el entorno natural reclama a los urbanitas para que se oxigenen el fin de semana.

Por más que lo intente no voy a ser ecológicamente correcto; ¿quién se va a vivir o a disfrutar de sus vacaciones al monte, a la playa, a los pueblos, etc. y quién urbaniza y construye, quién destroza la naturaleza, quién acaba con el mundo antiguo, con los parajes verdes y hermosos, con los prados? ¿Quién me lo contesta? ¿Quién es el culpable? ¿Quién es tan buen tipo como Al Gore, antes vicepresidente de los EE.UU. y ahora ecopacifista? ¿Qué he hecho yo con El Prado? ?A dónde irán las ovejas?

Podemos pensar reconfortados que algunos vivimos en territorios donde queda más campo que ciudad. Bastante más, sí, aunque no se sabe hasta cuándo. A lo peor, luego nos toca a nosotros. Es lo que tiene querer vivir bien, para siempre, con buen tiempo pero sin pasar frío, tener varias residencias y un lugar donde escapar. Allí están también nuestros vecinos. Allí estamos todos por vacaciones. Allí nos vemos.

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"Ninguna escritura es lo suficientemente secreta como para que el hombre se exprese en ella con veracidad". Elías Canetti.
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